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CRECER PARA DISTRIBUIR
EL II FORO DE LIMA MOSTRÓ UN PERÚ EXULTANTE
M. A. BASTENIER*

El II Foro Perú-UE ha sido el perfecto escenario para que se luciera, exultante, una administración latinoamericana segura de sí misma. Las dos estrellas de las reuniones, el ex presidente del gobierno español Felipe González y el jefe del Estado peruano Alan García, propugnaron una socialdemocracia de lo posible, en las antípodas de cualquier izquierdismo simplista, que fuera capaz de crecer y redistribuir a un tiempo. Y aunque nadie lo dijo expresamente, todo el auditorio entendió que el presidente García se estaba postulando como el anti-Chávez de América Latina.

La Fundación Euroamérica, que preside el ex ministro de Economía y Hacienda español Carlos Solchaga, congregó en un hotel de Lima los pasados 29 y 30 de octubre a las principales voces de la economía peruana, algunos de la española, y a otros dos invitados de excepción: Felipe González que cerró la primera sesión hablando al término del almuerzo durante casi 70 minutos y el presidente peruano, Alan García Pérez, que hizo lo propio en la clausura, con la elocuente retórica que le habita: habló durante 48 minutos y en las pausas se podían oír los puntos, distinguiendo si eran aparte o seguidos, adivinar las comas y reposar en el punto y coma; es posible que no hubiera serpientes en el auditorio, pero el encantador estaba allí.

La larga nómina de profesionales peruanos con toda la autoridad del mundo para hablarnos del nuevo sol, el dólar y el euro, incluía a Jorge del Castillo, presidente del Consejo de Ministros; Luis Carranza, ministro de Economía; Julio Velarde, presidente del Banco Central, el ministro de Exteriores José García Belaúnde; Verónica Zabala, ministra de Transportes y Comunicaciones; Mercedes Araoz, ministra de Comercio Exterior; y de parte española, la ex ministra y directora de la Fundación Carolina, Rosa Conde; Trinidad Jiménez, secretaria de Estado para Iberoamérica –como gusta a la mayoría de los españoles que se designe a lo que otros llaman América Latina-, Juan Miguel Villar Mir, presidente de OHL; José Ignacio Salafranca, presidente de la Asamblea Parlamentaria Eurolatinoamericana y eurodiputado del PP, y José Manuel González Páramo, miembro del Consejo del Banco Central Europeo.

Solchaga abrió el acto con una intervención que marcó el tono que presidiría los dos días: un optimismo desbordante sobre el porvenir económico del país, expuesto con convicción contagiosa. El ex ministro socialista afirmó que Perú sería entre los siete grandes iberoamericanos el que más crecería en los próximos años, en torno al 7%, así como que experimentaría entre todos ellos –Argentina, Brasil, México, Colombia, Venezuela y Chile- la tasa de inflación más moderada, casi a nivel europeo. Pero eso no obviaba, y con ello apuntaba a un ritornelo que tampoco nos abandonaría en los dos días, que había que “cerrar las brechas de asimetrías sociales o la fractura sería inevitable”. Solchaga y el invitado de honor de ese primer tramo del foro, el ministro de Exteriores José García Belaúnde, coincidían en la necesidad de construir un camino propio que evitara la tentación populista. Y en calidad de copresidente de la ceremonia de apertura, Rosa Conde subrayaría el papel de la Fundación Carolina como proveedora de becas de estudio en España a jóvenes latinoamericanos, entre ellos buen número de periodistas.

En la primera sesión, (Visión europea de las perspectivas en América del Sur) la señora Jiménez, que fungía de invitada de honor, arrancó, como cumple a una secretaria de Estado, subrayando la necesidad de reforzar, consolidar las instituciones en un continente en el que el primer obstáculo a la aplicación de una política social es la debilidad del aparato estatal; lo que no significa que falten ventanillas recaudatorias. El ministro peruano de Economía, ya en la segunda sesión y junto a los representantes en Lima de Telefónica, Endesa y Repsol y el citado Villar Mir, parecía que les estaba respondiendo a todos ellos, cuando aseguraba que su Gobierno estaba abocado a “implementar” una reforma administrativa para reducir trabas, eliminar costos y hacer más atractiva la inversión, con cuyo objeto se había formado una comisión de evaluación de los trámites contemplados en los Textos Únicos de Procedimientos Administrativos (TUPA).

El éxito de la cohesión social

La experiencia de la UE en la integración financiera y por extensión en el desarrollo económico fue el marco de debate de la tercera sesión, que cerraba la mañana del 29. Alfredo Barnechea, ex director de Relaciones Externas del BID, y al parecer de vuelta en Lima, destacó que, precisamente, la cohesión regional o redistribución de fondos entre regiones ricas y menos ricas había sido el gran éxito de la UE, y con una facilidad para la trouvaille verbal, mencionaba como modelo ‘el tigre céltico’, esa Irlanda que había sabido auto-practicarse “una integración sin anestesia”. Y también como un juego de respuestas parecía que había que interpretar la intervención del invitado de honor, Julio Velarde, presidente del Banco Central de Perú. Barnechea había llegado a proponer algún tipo de plan Marshall para acelerar la integración, combatiendo los fenómenos de exclusión social propios de las economías duales -el retraso del indígena, en otras palabras-, y Velarde ponía los puntos sobre las íes al subrayar que ante la creciente globalización financiera del planeta, la integración de América Latina era muy escasa, porque el volumen de comercio exterior interregional era también muy bajo. En la audiencia hubo quien entendió esas palabras como un freno a la fantasía de ciertas propuestas y, en cualquier caso, sonaban como aldabonazos de realismo, aunque optimista, en medio de un clima que pronto entraría con la charla de Felipe González en su primera apoteosis.

El ex presidente español hablaba ante lo que sabía que era un grupo de amigos. Sin notas, improvisando, revolviéndose de meandro dialéctico en meandro, condenó enérgicamente la “utopía regresiva” -¿le sonaban a Chávez los oídos?- propia de otras latitudes. Esa ‘utopía destructiva’ era una consecuencia, dijo, de que la población no viera resultados concretos de una política de crecimiento y redistribución paralela a ese enriquecimiento, que es lo que le hacía optar por modelos populistas y anti-sistema. Felipe González añadió que había que huir del “debate sin ideas”, propio de ese izquierdismo, aunque en ningún momento llegó a pronunciar el nombre que estaba en la mente de todos: ‘bolivariano’. No se trataba, sin embargo, de aplicar mecánicamente las recetas de la social democracia europea, afirmó, sino de aceptar la inevitabilidad de la globalización que “algunos amigos de mi tribu ideológica se confunden al creer que es una nueva forma de imperialismo y dominación”. O sea que hubo para todos, aunque a nadie se le ocultaba que Perú se postulaba como el primero de la clase en ese cursillo acelerado de modernidad y modernización económica.

La intervención central de la segunda jornada fue la de Jorge del Castillo, presidente del Consejo de ministros peruano, al que presentó Rosa Conde. Flanqueado por dos ministras, Verónica Zavala (Transportes y Comunicaciones), y Mercedes Araoz (Comercio Exterior y Turismo), más el viceministro de Minas y Energía, los temas a desarrollar fueron Desarrollo Energético, Telecomunicaciones e Infraestructuras y la Asociación CAN-UE. La consolidación de la estabilidad jurídica fue el gran leitmotiv del presidente del consejo, a la que calificó de base imprescindible para trabajar con la inversión extranjera. Con modestia un poco coqueta, Del Castillo no se privó de reconocer que aún faltaba mucho trecho por recorrer, aunque en el tramo de las comunicaciones “había cuatro millones más de celulares (móviles)” que cuando Alan García asumió el poder en 2006.

El viceministro reconocía que Perú se hallaba en el tercio inferior de países de la CAN (Comunidad Andina de Naciones) en cuanto a electrificación rural y afirmaba que su ministerio pretendía elevar el país al tercio superior. Para ello contaba con desarrollar la alianza estratégica entre Estado, Empresa y Comunidad, y como añadió Carlos del Solar, vicepresidente de CONFIEP, Confederación Nacional de Instituciones Empresariales, la materia prima que debería permitir semejante escalada eran las reservas de gas y de petróleo pesado que existían en la selva norte del país.

La responsable de Transportes, Verónica Zavala, describía los retos que presenta a la acción del Gobierno una geografía imposible, pero que, sin embargo, dijo, había sido conquistada por el músculo incaico. Y en un apunte llamativo, Guillermo Thornberry, presidente de OSIPTEL (Organismo Supervisor de Inversión Privada en Telecomunicaciones) hacía una cita recordando que “Perú era un mendigo sentado en un trono”. La ministra daba por seguro que la mejor fórmula para esa nueva conquista sería el reajuste de aranceles y burocracia para hacer sitio a la inversión, que evaluaba para este mandato en 23.000 millones de dólares sólo en Telecomunicaciones. Mercedes Araoz afirmó, en su turno, que para reducir las brechas o desfases de la economía la respuesta tenía que ser la integración andina y Fritz Du Bois, gerente del Instituto Peruano de Economía (IPE), reconocía que la apertura había empezado muy tarde, al tiempo que exaltaba el ejemplo español, cuyo comercio exterior hace treinta años -decía- era sólo el doble que el peruano y hoy, con la desregulación de mercados de la UE, era ya cinco veces mayor.

Los periodistas estuvimos también invitados, en ocasiones como moderadores de sesión e incluso con debate propio, pero fuerza es reconocer que íbamos un poco de relleno en el proceloso tema de Medios de Comunicación y Gobernabilidad. Europeos y peruanos hablaron esquivando diferencias o atenuándolas deliberadamente. Alejo Miró Quesada, director de El Comercio, decano y líder de la Prensa nacional, no por ello dejó de propugnar un periodismo combativo y fabricante de ‘peruanidad’, en respuesta a un periodista español que negaba con indisimulado horror el carácter de pedagogo, pastor de almas o constructor de naciones que espíritus -a su juicio, errados- querían asignarle en América Latina al profesional de Prensa.

Y llegó Alan García. El presidente peruano se siente un hombre con una misión y lo que es mejor, con una nueva oportunidad. Tras la presidencia que desempeñó de 1985 a 1990, todo en él, desde el lenguaje del cuerpo hasta las palabras, con las que no ha perdido nada de su formidable familiaridad, nos decía que estaba al corriente de todos sus pasados errores y que ahora, a la segunda, es cuando iba la vencida. Lo que veíamos los extranjeros en aquel hotel del barrio de San Isidro es un nuevo Alan García.

Rodeado de unos ministros que se muestran glotones de éxito, el presidente vino a clausurar un interesantísimo foro con la UE a la que pidió -a la vista de las dificultades en la Comunidad Andina de Naciones- negociar bilateralmente el TLC y no en bloque con el resto de los países de la CAN. Alan García clausuró un foro que ha sido un festival de lo macro a la espera de lo micro; de la economía de los grandes números, enormemente satisfactorios, que la acción de Gobierno ha de conseguir, sin embargo, que se filtren hasta lo micro: el efecto trickle-down que haga llegar a la economía familiar y a los sectores más desfavorecidos la bienaventuranza del crecimiento. La administración de Alan García asegura estar en guerra contra la exclusión social y, por lo menos, se nota que está convencido de lo que dice.

“Lima, la ciudad más grande del mundo que se levanta sobre un desierto”, dice el presidente, tendrá al final del mandato toda el agua potable integralmente tratada que necesite, el analfabetismo se habrá reducido a cero, habrá tres plantas petroquímicas, un tren movido por electricidad y Perú será exportador de petróleo -ahora que el barril a casi 100 dólares permite la explotación del crudo súper pesado que exige varios refinos-.Y quien estos días interrogue a Alan García Pérez difícilmente podrá dudar de que el presidente tampoco tiene dudas de que, con su equipo, está edificando un nuevo Perú. La izquierda amable y redistribuidora, amiga de todos y que abraza al capital foráneo, aseguran que es la receta. Crecer para redistribuir es el eslogan de un político de profesión presidente.  

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* Analista internacional de El PAÍS
Artículo escrito para FORUM, revista de la Fundación Euroamérica